
Adrían Simancas es un joven venezolano que reside desde hace siete años en Punta Arenas, Chile, donde cursa la carrera de ingeniería informática. Apasionado por el deporte, el arte y los videojuegos, practica natación, escalada y ciclismo, lo que le permitió forjar una vida activa en uno de los lugares más extremos y remotos del planeta. Su curiosidad innata por descubrir y comprender nuevas culturas lo hace sentirse privilegiado de habitar en esa ciudad, a pesar de su lejanía, clima riguroso y limitada accesibilidad. “Parece aislada del mundo. Una burbuja en la que prácticamente no hay criminalidad. Es un ambiente de pueblo chico, pero ha desarrollado notablemente la tecnología”, explicó Adrián.
Un destino, múltiples significados
Para este estudiante caribeño, Punta Arenas es mucho más que un lugar geográfico; es un escenario de encuentros y revelaciones. No es casualidad que, en medio de su rutina académica y sus múltiples hobbies, haya vivido una experiencia que marcó su forma de ver la vida. Recientemente, en esta remota región, Adrián fue protagonista de una experiencia que parece sacado de un relato fantástico: fue literalmente “tragado” por una ballena jorobada y, contra todo pronóstico, sobrevivió para contarlo.
“Internamente, todavía estoy intentando procesarlo. Lo tomo como un mensaje de la vida. Hoy, hasta lo hago con humor, pero en un principio me sentí muy abrumado. Viví una especie de crisis existencial”, recordó. El suceso lo hizo cuestionarse el sentido de la existencia, especialmente al compararse con aquellos que, con un futuro prometedor y grandes propósitos, han perdido la vida en accidentes quizás más previsibles. “Durante un par de días, me sentí en un estado similar a un trance, preguntándome cuál es mi propósito”, confesó. Aunque reconoce que nunca se tiene la respuesta completa, la avalancha de comentarios positivos que recibió tras el incidente le indicó que su destino era compartir sus reflexiones, considerándolas una metáfora y una enseñanza tanto para él como para los demás.
Sin embargo, no todos fueron elogios y buenos deseos. Adrián también admitió haber sido afectado por críticas que tildaban su acción de “irresponsable” por acercarse demasiado a las ballenas, así como por algunas expresiones de odio hacia los venezolanos. “Han surgido muchas opiniones alrededor de esto, revelando cierta superficialidad, pero también escuché mensajes de esperanza y positivismo. Es un privilegio para mí formar parte de todo este proceso”, afirmó.
La travesía que cambió su vida
La noche anterior al inusual encuentro, Adrián y su padre acamparon al final de la ruta y emprendieron un trekking hacia el punto geográfico más al sur del continente, sobre tierra firme. Con las mochilas cargadas de packraft (kayak inflable) y víveres, y acompañados por el dron y la cámara de su padre, el clima estaba agradable, el mar tranquilo y el sol brillaba.
“Caminamos durante aproximadamente una hora hasta que decidimos inflar los packraft para comenzar a remar. Compartir la excursión con mi papá me llenaba de alegría, aunque también me embargaba una sensación de ansiedad y distracción. Frente a la inmensidad del universo, uno se siente diminuto”, relató Adrián. Mientras avanzaban, la mente del joven se inundaba de cuestionamientos existenciales, pensando en la fugacidad y fragilidad de la vida, cuando de repente, la ballena apareció de forma sorpresiva: una muestra palpable de lo efímero y, a la vez, de lo maravilloso que puede ser la existencia.
Acostumbrado al packraft desde hacía un año, Adrián se encontraba en su primera travesía en el Cabo Froward, a diferencia del Estrecho de Magallanes, zona en la que ya había incursionado. Su padre, con amplia experiencia en la región, le explicó los detalles del recorrido: “Esto sucedió en Bahía El Águila, justo después del faro San Isidro, el último gran faro del continente americano. Llevábamos dos horas remando; habíamos pasado el faro hacia el sur y, viendo a lo lejos el final de la bahía, decidimos seguir en línea recta para acortar el camino, aunque eso nos exponía un poco más. El packraft está diseñado para este tipo de travesía. Cuando ya casi llegábamos, comenzó a llover y las olas se agitaron. Fue entonces cuando le comenté a mi papá que veía un pequeño chorro de agua emergiendo a lo lejos.”
Entre bromas sobre la posible presencia de orcas, poco frecuentes en la zona, y charlas acerca de una foca leopardo avistada en la costa, la situación dio un giro inesperado.
“En ese momento, algo me golpeó por detrás del bote, desestabilizándome con la fuerza de una ola, pero aún más intensa. Pensé que se trataba de un tsunami; me di vuelta y alcancé a ver un tono azul oscuro y blanco, junto a una presencia que se aproximaba desde ambos lados”, recordó.
Fue entonces cuando Adrián cerró los ojos, sintiendo en su mejilla derecha el roce de una textura babosa. “En lugar de golpearme, me sentí atrapado en el agua. Quedé tendido, girando en el bote, y comprendí que estaba en la boca de algún animal, sin posibilidad de evitar la muerte”, relató, con voz aún entrecortada por la emoción. Todo sucedió en apenas un segundo. “Sentí algo ilógico, como si pudiera mantenerme vivo como Pinocho. Luego, algo me expulsó hacia arriba durante unos dos segundos. Abrí los ojos y vi mi bote. Grité a mi papá que había algo pasando por debajo, mientras oía sonidos de animales. Fue un instante de puro terror, porque, a pesar de haber sobrevivido, ese animal –al que hasta ese momento no sabía de que se trataba– podía volver a atacarnos, voltear los botes o incluso saltar sobre nosotros.”
Ante el desconcierto, el padre de Adrián le indicó que se aferrara al bote y que no intentara subirse hasta que él llegara. Con voz constante y tranquilizadora, le habló para mantenerlo consciente, algo crucial en aquellas bajas temperaturas. Finalmente, tras remolcarlo y asegurarse de que estuvieran a una distancia segura, ayudó a girar el bote, amarrarlo y llevarlo hasta la orilla, alejándolo del riesgo de hipotermia.
Reflexiones en la orilla
Una vez en tierra, padre e hijo se abrazaron, conscientes de la magnitud de lo vivido, mientras las cámaras registraban cada instante. La travesía fue suspendida y, entre remos y trekking, emprendieron el regreso a la ciudad. La experiencia, tan breve como intensa, dejó en Adrían un cúmulo de interrogantes y, a la vez, y un mensaje de resiliencia: la vida es tan efímera como maravillosa, y cada instante cuenta.
A pesar de las críticas y los comentarios contradictorios, el joven venezolano decidió abrazar esta vivencia como una enseñanza vital. Sus reflexiones, fruto de un encuentro con lo desconocido, buscan servir de metáfora para quienes se atreven a cuestionar el sentido de la existencia en un mundo tan impredecible. En las palabras de Adrián, cada experiencia, por extraordinaria que sea, tiene un propósito que trasciende lo cotidiano y nos invita a vivir con mayor intensidad y conciencia.